
Querido Papa:
Acabo de enterarme que desde ahora puedo escribirte a facebook, aunque no imagino a todo un intelectual perdiendo el tiempo chateando con medio mundo, aparte que más parece un recurso para intercambio de documentos que un canal de comunicación. Prefiero escibir aquí en este blog que es casi como una carta en una botella, que Dios saben quien va a leerla. Voy a ser corto, porque en Internet la gente va a salto de mata.
Santidad: Te hablo desde la fe. No soy un increyente, sino todo lo contario. He dedicado mi vida a esto. Parece mentira que haya que decirlo, pero hoy abundan los que como no cumplas la última rúbrica piensan que eres un apóstata o algo parecido. Mi problema es que, pegado como nunca a la palabra de Jesús y a los que le siguen en libertad y fidelidad a su camino, siento cada vez mayor desafección a la jerarquia de este país. No tengo nada concreto en contra de obispos en cuento personas, sino por lo que representan, por la imagen que están dando de la Iglesia a la que amo.
Ultimamente no encuentro en ellos una palabra de esperanza, alegría e ilusión. Se presentan como obsesivos pepitos grillos de la sociedad, policías morales dispuestos a multarnos a la primera de cambio, profetas de calamidades, negadores de la vida, contribuyentes al miedo universal, gente de la ley y los cánones, más que predicadores del amor y la verdad que nos hace libres.
No digo que no condenen el aborto o hablen contra la píldora del día después. Lo que me preocupan es que no matizan, que consideran todo por igual un asesinato, que no tienen palabras de misericordia para las mujeres que se ven obligadas a abortar, que no distinguen entre principios morales y despenalización, que pretenden que además de la tremenda frustración que es interrumpir un embarazo, vayan a la cárcel. Y, en todo caso, si se sienten obligados a pronunciarse así, lo que más me duele es se presenten al mundo como viudos cabreados, que no compensen su savonarolismo con un mensaje animante, que ilusione a la gente joven. Pues se han resignado a un modelo de joven hirsuto y opusino, que no piensa por sí mismo y tiene una cosmovisión de fuego de campamento. Los otros, la mayoría, parecen no interesarles, porque no quieren o no pueden hablar su lenguaje.
Leo el Evangelio, a nuestros místicos, a los mejores maestros de espiritualidad e incluso a los moralistas que hicieron escuela en el Concilio y no encuentro parecido con la imagen que estos pastores dan a sus ovejas. Los veo aferrados al báculo para atizarmás que para agrupar al rebaño. Se tocan con mitras que evocan poder e inaccesibilidad más que misericordia. Se comportan como antihéroes de los grandes, los políticos y legisladores -se mueven a su mismo nivel como lo han hecho siempre en este país- más que como “uno de nosotros”, “un servidor de todos”. Les veo con añoranza del puesto en el banquete, o en la procesión o en el funeral de Estado.
Es cierto que no todos son así. Hay excepciones. Pero nos movemos en un mundo de imágenes. Y esta es la imagen que ven mis contemporános.
Ignoro si te llegará esta carta y, aún más, si servira de algo. Pero como decía un amigo “si me callo no lo digo”.
Que nadie vea en mis palabras aversión o intransigencia. Escribo desde el corazón y el deseo de que la Palabra llegue a la gente de hoy. También rezo para conservar la esperanza, pues la tengo en la certeza de que el manantial siempre está ahí para el que quiera beba.
Cariños de
Pedro
Pedro Miguel Lamet
Del blog "El alegre cansancio"
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