

¿Por qué un lago? Porque era el lugar de la vida de sus coetáneos de entonces; porque era el puerto de llegada y de salida del encuentro con otras gentes y con otros mundos; porque el lago significaba labor, fecundidad, riqueza y misterio; porque el lago -aquel microcosmos a doscientos metros por debajo del nivel del mar- no dejaba de ser una espléndida imagen del macrocosmos de su persona y de su misión.
Viajar a Tierra Santa, peregrinar al País de Jesús es encontrar dudas, seguridades, probabilidades, restos arqueológicos superpuestos, construcciones-destrucciones-reconstrucciones... Y es encontrar también certezas y evidencias. Y una de ellas es el lago. Este sí que es "mismísimo" lugar. Si algo no engaña es el lago. Es, en definitiva, la naturaleza, los valles, las montañas, las colinas y la entera geografía de una tierra que exhala por sus cuatro costados la verdad de Jesús y la clave para entender sus palabras, sus ejemplos, sus afanes y sus preocupaciones.
Nada hay más cierto que el lago

Después del Santo Sepulcro de Jerusalén nada hay más sagrado en Tierra Santa que el lago. Y el lago no admite disputas, ni escándalos, ni interpretaciones. Es el lago de Jesús, es el fascinante entorno, fascinado desde entonces y para siempre por la presencia en él de quien caminó sobre sus aguas, de quien pescó milagros de sus profundidades, de quien calmó sus olas, de quien ondeó y fondeó en sus barcas, de quien en sus laderas multiplicó panes y peces, de quien en sus promontorios predicó el Reino increíble y tan hermoso de las Bienaventuranzas... ¡Ay si el Lago si hablase...!
Cuatro visitas, al menos, son obligadas el recorrer el lago de Tiberiades: el Monte de las Bienaventuranzas, Tabga y la evocación en mosaico del milagro en panes y peces, el Primado y Cafarnaún, con su esplendorosa y derruida, muda y tan elocuente sinagoga.
Son cuatro visitas al menos, que requerirán una travesía en barca a través del lago para que el sol y la brisa, para que el agua y la música, bañen y acaricien al peregrino.
Y en todas ellas, en todas estas visitas y otras muchas más, y en la travesía de la barca y cada vez que se contempla el lago, sólo una actitud será precisa y será requerida: la contemplación serena y emocionada, con los ojos, con los sentidos y, sobre todo, con el corazón del lugar que hace dos mil años asistió y cobijó al Dios-hombre con nosotros y por nosotros, y que sigue siendo y seguirá siendo el mismo como nueva imagen y parábola que Él ha estado, está y estará siempre con nosotros y que nos aguarda en el alba y en la tempestad de la travesía posando sobre nuestros hombros la certeza de su amistad, la destreza de su timón y el calor inmenso de su amor.
Ha estado, está y estará en el lago. Como ha estado, está y estará en sus riberas. Esperándonos, de nuevo, con las brasas encendidas para el pescado y el pan -ahora ya Eucaristía- con que reanimar para siempre nuestra singladura. Esperándonos con su Palabra y con su Milagro. Su Palabra y su Milagro que palpitan por doquier en las riberas del lago y ya desde entonces de todos los lagos y de todas las riberas.
Jesús de las Heras Muela - Director de ECCLESIA (Enviado especial)
Ecclesia
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