
(Antonio Pelayo- Corresponsal de Vida Nueva en Roma) El próximo viaje de Benedicto XVI a Tierra Santa (8-15 de mayo) es el tercero de un Sucesor de Pedro a la cuna del cristianismo, tras los de Pablo VI (1964) y Juan Pablo II (2000). Desde que el apóstol Pedro abandonara su Palestina natal y pusiese sus pies en Roma, donde encontró el martirio, ninguno de sus sucesores a lo largo de veinte siglos sintió la necesidad de peregrinar a la cuna del cristianismo, como hicieron algunos santos -Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, etc.- y tantos millones de cristianos ansiosos de contemplar y meditar en los parajes físicos donde nació, vivió, predicó, murió y resucitó el Señor.
Es una paradoja de difícil interpretación que no logran explicar ni justificar las múltiples vicisitudes políticas por las que ha atravesado en el curso del tiempo la tierra natal de Jesús, porque si en muchos momentos esa peregrinación hubiese sido peligrosa e incluso imposible, no han faltado otras muchas ocasiones en que hubiera sido perfectamente factible. Sin embargo, hubo que esperar al siglo XX para que un obispo de Roma decidiese realizar este “retorno a las fuentes”.
Es un mérito más que hay que sumar en el haber de Giovanni Battista Montini, pontífice sobre el que no nos cansaremos de afirmar que, después de tantas incomprensiones e injusticias, será rehabilitado por la historia como uno de los más grandes sucesores de Pedro.
Hemos juzgado conveniente, por eso, trazar en este ‘Pliego’ de nuestra revista un relato de los dos viajes que Pablo VI y Juan Pablo II realizaron en su día a Tierra Santa.
Así, nuestros lectores, en vísperas del que Benedicto XVI emprenderá del 8 al 15 de mayo, dispondrán de una falsilla para mejor leer y comprender la trascedencia de un desplazamiento que, sin duda, marcará uno de los “puntos fuertes” del pontificado ratzingeriano.
VIDA Nueva
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