En una situación así y con un país tan inmenso que adolece de pocas estructuras y está tan limitado en sus medios de comunicación, hay que hacer un esfuerzo titánico para poder juntar en el mismo lugar y a la misma vez a las personas que sufren de esta dolencia. Hay que identificar los casos, informar sobre las fechas de las operaciones, facilitar el transporte y asegurar que vengan acompañadas por un familiar que cuidará de ellas. Hay pacientes que, por haberse enterado demasiado tarde de las fechas de misión quirúrgica o haber llegado demasiado tarde, han perdido ya dos veces la oportunidad de ser operadas en previas ocasiones. Habiendo aprendido la lección, alguna de ellas ha llegado con una semana de antelación para asegurarse que esta vez sea la buena.
Obviamente, en casos así, hay que encontrar e identificar previamente a un grupo de pacientes suficiente como para poder justificar(que no amortizar económicamente) la presencia de un cirujano de estas características en medio del Sudán. Al final, gracias también a la colaboración entre diferentes organizaciones y a un avión pertenenciente a la organización Médicos Sin Fronteras, se reune en Mapourdit un número suficiente de pacientes y comienza una misión quirúrgica que durará una intensa semana.
Se comienza por hacer una primera valoración de los casos. Alguno de ellos posiblemente sea una falsa fístula y no necesite operación, pero la gran mayoría tendrán que someterse a una intervención quirúrgica que durará como mínimo una hora. Las operaciones comienzan a las 9 de la mañana y algunos días, debido a casos más complicados que necesitan un tiempo mucho más prolongado, la sesión de operaciones dura hasta bien entrada la noche, con todo un equipo de enfermeros que se reemplazan a la mitad del día y con los doctores intentando sacar el máximo provecho posible de los pocos días que tienen a su disposición para operar a todos los casos pendientes.
Al día posterior de ser operada, me encuentro con Nyalan Mangok, tiene 30 años, ha dado a luz tres veces y sólo uno de los niños ha podido sobrevivir. Le pregunto sobre sus sentimientos y me cuenta lo difícil que era ser aceptada socialmente, empezando por su misma casa. Está contenta de haber podido tener la oportunidad de ser operada y simplemente quiere saber si podrá hacer una vida normal. Yo le digo que no soy doctor, pero le aseguro que se ha hecho lo posible para que todo salga bien y con toda probabilidad las consecuencias de su dolencia desaparezcan después de su convalecencia. Nyalan sonríe, quizás para confirmar la esperanza que tenía puesta en la operación. Es, sin duda, un nuevo capítulo que se abre en su vida.
Alberto Eisman
Muzungu
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