Thursday, March 15, 2012

Los curas que queremos y buscamos

JUAN RUBIO, director de Vida Nueva | Si hay algo que preocupa, y mucho, a los obispos al hacer su visita ad limina a Roma, es la estadística de sus seminarios. Auténtico pavor. Es una de las amarguras más grandes que tienen que asumir los pastores. Pero sus naves no han sido enviadas a luchar contra los elementos y nadie duda de su esfuerzo por la pastoral vocacional. Otra cosa es si se está llevando a cabo la adecuada.

La edad media del clero diocesano se eleva a pasos agigantados. Hay sacerdotes con edad muy rebasada que siguen al pie del cañón en sus parroquias, pese a los achaques y el cansancio. Hay diócesis donde su edad media ya ha rebasado los 70 años y, en otras, pronto la alcanzarán.

Parroquias que tenían un solo cura se unen en unidades pastorales a otras y hoy se dice que una autovía, un coche y un móvil son verdaderos ayudantes pastorales. Se resiente el octavo sacramento, el de la presencia del sacerdote, y los fines de semana se convierten en auténticos maratones de sacramentos, con el problema que lleva consigo la actividad frenética.

Hay que aplaudir la labor de tanta buena gente que mantiene los templos abiertos y la ilusión encendida, esperando la llegada del cura, con todo preparado para que luego siga la ruta. ¡Cuánta fe queda aún en nuestros pueblos! ¡Cuánto esfuerzo de tantos sacerdotes diseminados por una España que aún es rural! Aunque en muchos casos haya obispos que centren sus esfuerzos en núcleos urbanos y zonas universitarias.

Hace falta mucha empatía y acompañamiento a estos sacerdotes. Mucha más de la que hay. Y no valen excusas de reuniones, planes pastorales y otras legítimas actividades. Los curas han de ser lo primero. Conocer su estado anímico, sus necesidades domésticas, humanas, de salud, las más elementales, no es baladí. Es necesario y urgente. ¡Son los inmediatos colaboradores de los obispos!

No todo se ha de reducir a un bien forjado plan de formación permanente, que también. Ni a una visita pastoral rápida; ni a unas meras reuniones multitudinarias que llenen de blanco las catedrales. Hace falta calor, empatía, solicitud.

Hay más sacerdotes en las zonas rurales que en las urbanas. Y en estas, la metrópolis puede fagocitarlos si no tienen el cuidado del obispo, el mimo de los proyectos comunitarios y las experiencias de fraternidades sacerdotales vivas que compartan la misión.

Ahora que vamos conociendo más a san Juan de Ávila, bien estaría ahondar en las grandes líneas maestras de su talante sacerdotal, sin quedarnos en una interpretación intimista, llena de emociones espirituales. Traer a colación el santo debe de ser algo más que un simple acto festivo.

Es hora de ver la realidad. La situación nos mira a cara de perro. No se puede eludir. Hay diócesis con el seminario vacío y en otras no llega a la pareja. Se resienten muchas cosas, empezando por la formación académica, pero no se profundiza lo suficiente en la formación humana.

Crear un estereotipo de sacerdotes metidos en una bolsa envasada al vacío, con tal de llenar los seminarios, es pan para hoy y hambre para mañana. Es preocupante el perfil de muchos de los jóvenes sacerdotes que salen del seminario y se ven a la intemperie. Conjugar bien el perfil sacerdotal es clave para motivar una sana pastoral vocacional. Lo demás, es sembrar vientos que traerán grandes tempestades.

VN

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